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Papa Francisco celebra la Pasión, en la Basílica de San Pedro postrado este #19Abril (Video)

Una oración intensa la del Papa Francisco postrado en el suelo durante la celebración de la Pasión del Señor en la Basílica de San Pedro. Con los paramentos rojos y la cabeza, apoyada sobre un cojín, dirigida hacia el crucifijo del altar de la Cátedra, permanece durante algunos minutos tendido en silencio; mientras tanto, todos los fieles y prelados que llenan la Basílica acompañan la oración del Pontífice de rodillas, reseñó La Estampa.

Una oración intensa la del Papa Francisco postrado en el suelo durante la celebración de la Pasión del Señor en la Basílica de San Pedro. Con los paramentos rojos y la cabeza, apoyada sobre un cojín, dirigida hacia el crucifijo del altar de la Cátedra, permanece durante algunos minutos tendido en silencio; mientras tanto, todos los fieles y prelados que llenan la Basílica acompañan la oración del Pontífice de rodillas.

Después Francisco se levanta, con la ayuda de dos ceremonieros, y se pone el solideo. Con las manos unidas, reza el Reminescere con el que comienza el primer rito del Viernes Santo, que concluye hoy por la noche con el tradicional Vía Crucis en el Coliseo. Después, la liturgia de la Palabra, en la que se recuerda el Calvario de Cristo según la narración de Juan; después la homilía, pronunciada también este año por el predicador de la Casa Pontificia, el padre Raniero Cantalamessa.

El fraile capuchino comienza su reflexión de «un nombre y un rostro», Jesús de Nazaret, «este misterioso hombre de los dolores, despreciado y desechado por los hombres». «Hoy queremos contemplar al Crucificado precisamente en este aspecto: como el prototipo y representante de todos los rechazados, los desheredados y “descartados” de la tierra, esos ante los que volteamos la cara hacia otra parte para no verlos», dice Cantalamessa.

Pero Jesús, añade, con una corona de espinas sobre en la cabeza, con los hombros flagelados, con las manos atadas es también el «prototipo de las personas esposadas, solas, a la merced de soldados y mercenarios que desahogan en los pobres que ha caído en sus manos la rabia y la crueldad que ha acumulado en la vida. ¡Torturado!».

«Ecce homo!», «¡He aquí el hombre!», exclama Pilatos al presentarlo al pueblo. Palabra que, después de Cristo, puede ser dirigida a las «filas sin fin de hombres y mujeres envilecidos, reducidos a objetos, privados de toda dignidad humana», subraya el predicador. «Si esto es un hombre», escribió siglos después Primo Levi, que sobrevivió al horror del campo de concentración de Auschwitz. «En la cruz, Jesús de Nazaret se convierte en el emblema de toda esta humanidad “humillada y ofendida”», afirma Cantalamessa. «Darían ganas de exclamar: “Deshechos, rechazados, parias de toda la tierra: ¡el hombre más grande de toda la historia ha sudo uno de ustedes! Pertenezcan al pueblo, a la raza o a la religión que pertenezcan, ustedes tienen derecho de reclamarlo como propio».

El predicador de la Casa Pontificia también recuerda a las víctimas de la segregación racial en los Estados Unidos. Cita el libro “Jesus and the Disinherited” escrito por un teólogo afro-americano, maestro e inspirador de Martin Luther King, en el que se describe lo que representó la figura de Cristo para los esclavos del Sur, de los que él mismo descendía. «En la privación de todo derecho y en la abyección más total, las palabras del Evangelio que el ministro de culto negro repetía, en la única reunión que se les permitía, volvían a dar a los esclavos el sentido de su dignidad de hijos de Dios». En este clima nacieron la mayor parte de los cantos que todavía conmueven al mundo. «En el momento de la subasta pública ellos habían vivido el drama de ver a las esposas a menudo separadas de los maridos y a los padres de los hijos, vendidos a diferentes dueños», recuerda Cantalamessa. «Es fácil intuir con qué espíritu cantaban bajo el sol o dentro de sus cabañas: “Nobody knows the trouble I have seen. Nobody knows, but Jesus”: Nadie conoce el dolor que he sentido; nadie, menos Jesús”».

La muerte de Cristo «ha redimido al mundo del pecado, ha llevado el amor de Dios al punto más lejano y más oscuro en el que la humanidad se había metido al huir de Él, es decir a la muerte», subraya el padre Cantalamessa.

Pero la muerte no fue la última palabra: «El Evangelio no se detiene aquí; también dice otra cosa, ¡dice que el crucificado ha resucitado! En Él se han invertido las partes por completo: el vencido se ha convertido en el vencedor, el juzgado se ha convertido en juez, “la piedra desechada por los constructores se ha convertido en piedra angular”». No acaba todo con la injusticia ni con la opresión: «Jesús no solo ha vuelto a dar una dignidad a los desheredados del mundo; ¡les ha dado una esperanza!», afirma el capuchino.

Por ello la Pascua es la fiesta de la inversión «obrada por Dios y realizada en Cristo; es el comienzo y la promesa de la única inversión totalmente justa e irreversible en la suerte de la humanidad. Pobres, excluidos, pertenecientes a las diferentes formas de esclavitud todavía en acto en nuestra sociedad: ¡la Pascua es su fiesta!».

Pero la cruz también tiene «un mensaje» para «los potentes, los fuertes, los que se sienten tranquilos en el papel de “vencedores”». Y es un mensaje, como siempre, «de amor y salvación, no de odio o de venganza». Porque les recuerda que «al final están atados al mismo destino que todos; que débiles y potentes, inermes y tiranos, todos están sometidos a la misma ley y a los mismos límites humanos. La muerte, como la espada de Damocles, pende sobre la cabeza de cada uno, de una crin de caballo. Advierte sobre el peor mal para el hombre que es la ilusión de la omnipotencia», insiste el padre Cantalamessa.

Por ello el llamado a las religiones, cuya tarea es «promover la paz» en la actualidad «y no permanecer en silencio ante el espectáculo que está bajo las miradas de todos». Es decir que «pocos privilegiados poseen bienes que no podrían consumir, aunque vivieran por siglos y siglos, y masas enormes de pobres que no tienen ni un pedazo de pan ni un sorbo de agua para darlos a sus hijos». «Ninguna religión puede permanecer indiferente» ante esto, afirma el predicador, «porque el Dios de todas las religiones no es indiferente ante todo ello».

Después de la homilía, la liturgia de la Pasión prosigue con la Oración universal y la adoración de la Cruz, para concluir con la comunión.

Alberto News

 

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